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Joker: una coreografía para la violencia

Por Abril Peña

El cuerpo se contorsiona, las manos se extienden y se desenvuelven formando figuras en el aire, la cabeza tendida hacia atrás. Todos los movimientos al compás de alguna música interna, así es ver bailar al Joker, una de las características principales y diferenciadora de versiones anteriores del famoso payaso de DC Comics.

Todd Phillips, conocido por dirigir la trilogía de The Hangover (2009) y productor de varias comedias hollywoodenses. Da un giro a su carrera con Joker (2019), su primer trabajo “serio” y vaya que lo hace de una manera espectacular. La cinta consigue mantener al espectador pendiente de cada escena y logra el efecto sorpresa cuando menos se espera.

Joaquin Phoenix da vida a Arthur Fleck, un aspirante a comediante que inicialmente labora como payaso, ninguneado y maltratado por las personas a su alrededor. Vive con su madre y es gran fanático de Murray Franklin (Robert De Niro), personalidad de un late night show. Padece una enfermedad mental que, a causa de un recorte en los programas sociales de Ciudad Gótica, deja de tratarse. Aunado al hartazgo por el agravio que sufre, empieza a cometer actos atroces en contra de aquellos que lo trataron mal.

Una atmósfera azul, color comúnmente asociado a la tristeza, inunda gran parte de las escenas de Joker. Aún cuando la historia avanza, no deja los escenarios, como si la desdicha de Arthur no lo abandonará nunca, tal vez también haciendo alusión a su enfermedad, un recordatorio de su trastorno mental aún vigente. Conforme avanza el filme, el verde, tan propio de su cabello, hace su aparición en los azulejos de un baño de mala muerte después de cometer su primer crimen. Por otro lado, el amarillo y el rojo, representativos de la violencia, la ira, la energía, ensalzan las escenas donde el personaje se ha liberado de su sentimiento de culpa y comienza a convertirse en el temido villano de Ciudad Gótica.

La interpretación de Joaquin Phoenix es magnífica, transforma a su personaje de un payaso marginado a uno lleno de enojo y mucha determinación. Convierte la lástima en algo parecido al orgullo. El humor es extraño en la segunda parte del filme, da un poco de culpabilidad al reírse de situaciones serias. El cambio que sufre el protagonista después de abrazar su maldad hace que la actuación de Phoenix evolucione, modifica totalmente su forma de caminar, fumar, bailar, sentarse, gesticular, todo.

El largometraje ganó el premio al León de Oro, el máximo galardón, en el Festival Internacional de Cine de Venecia. En una entrevista hecha al director en este evento, menciona que lo mejor de este personaje es que podía hacer una reinterpretación totalmente libre de su pasado, ya que oficialmente no tiene un origen definido. No obstante, que su locura no provenga de un solo acontecimiento sino del conjunto de muchos traumas hace que en lugar de seguir siendo un misterio, como lo hace el Joker de Heath Ledger, donde él mismo inventa una anécdota distinta cada vez, le resta verosimilitud a la historia. Sobre todo porque la causa más lógica y creíble es cortada de tajo en el último tercio de la cinta. 

La risa que crea el actor para el papel es única, diferente de la de sus predecesores. El modo de hablar también cambia. No tiene esa particular pronunciación de la letra “s” hecha por Ledger y un poco también por Jack Nicholson. Se le agradece que, como él mismo dice en la entrevista antes mencionada, no se haya inspirado en versiones pasadas. Adicionalmente, no hay solo una risa, sino que es un abanico de modulaciones y algunas evocan más un sentimiento de aflicción que de felicidad. Sin embargo, hay un exceso de ellas, debieron haberlas dosificado más, se desgastan conforme avanza la cinta.

Mark Bridges, ganador del Óscar al Mejor Diseño de Vestuario por Phantom thread (2017), hace una excelente labor en ese departamento, sobre todo con el traje rojo que usa el Joker en la última parte, hecho a la medida, consistente con el desarrollo del personaje. Le resta protagonismo a la delgadez extrema de Phoenix, obvia y perturbadora de las primeras escenas, para sustituirla por una imagen poderosa y llena de confianza.

Se agradecen los destellos que ligan la película con el universo de Batman, porque por momentos, debido a la centralidad en el papel de Arthur, podría olvidarse que se trata de Ciudad Gótica y de cómo se liga su historia con la del hombre murciélago.

Sin duda es un filme para ver más de una vez, para dejarse atrapar nuevamente por la hipnótica actuación de Joaquin Phoenix.

En La Isla de Minerva le damos 5 plumas mochueliles de 5.

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