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Las elegidas: una realidad aciaga

Por Abril Peña

Desde hace varios años, la inseguridad y la violencia han permeado gran parte de la vida de los mexicanos. Sin embargo, los acercamientos a este fenómeno, con mayor éxito y más conocidos, han provenido sobre todo de documentales y la ficción ha permanecido mayoritariamente desconocida. Las elegidas (2015) es un filme que aborda una de esas facetas de la violencia desde una visión muy cruda. No hay cabida para pensar que alguna situación es disparatada.

Esta película cuenta la historia de Sofía, una adolescente de 14 años que, a causa de su novio Ulises, termina en una casa de lenocinio en Tijuana. La familia de Ulises maneja un negocio de trata de personas en el que en lugar de secuestrar violentamente a sus víctimas desde un inicio, primero las seducen, conquistan y las convencen de terminar en la prostitución.

La joven promesa que dirige este largometraje es David Pablos, que cuando se estrenaba este, su segundo filme, tenía tan solo 33 años, con el cual ganó cinco premios Ariel en su 58 edición.

Las películas mexicanas acerca de temas de denuncia como el narcotráfico o la desaparición de personas, normalmente no son tan conocidas, quedan únicamente inscritas en los festivales y en pequeños cines. Al ser problemáticas sociales, no siempre se les aborda de una manera en la que puedan generar una verdadera empatía con el espectador. No obstante, en Las elegidas el trabajo es espectacular porque logra manejar la temática de una forma digna y diferente.

Para comenzar, si hay algo que simplemente no comprendo del cine mexicano es ese afán por siempre querer meter una escena sexual aún cuando la historia no lo amerite y aunque en esta película sí hay una, no se siente fuera de lugar ni tampoco sensacionalista. Al contrario, todas las escenas sexuales de Sofía con los clientes son plasmadas de manera muy original: enfocando únicamente las caras de cada uno de ellos mientras de fondo suenan los choques de piel y los gemidos resultado de la violencia.

Asimismo, varias escenas del filme se valen de este recurso de no mostrar automáticamente lo que sucede, en tanto sólo escuchas, imaginas los escenarios posibles mientras la verdadera situación se devela con el movimiento lento de la cámara.

La película tiene un ritmo lento y pausado, sin prisas, seguramente como la eternidad que se siente al estar atrapada en un lugar así. El director logró crear una atmósfera sofocante y a la vez enigmática, querrás saber qué pasará al siguiente minuto, si será peor o si aún queda un resquicio de esperanza.

Aprecio los diálogos largos y reflexivos, pero esta vez no fueron necesarios. Se percibe claramente la desesperación, el enojo y la impotencia de Sofía, así como una gran pena porque tristemente esto sucede en nuestro país con más frecuencia de la que quisiéramos.

Tal vez lo único que me molestó un poco fue la pasividad de Ulises, su total sumisión a los deseos del padre y del hermano, su espíritu combativo extinto. 


El presente de muchas mujeres en México se retrata como un bucle, donde una muchacha más es engañada, se repiten las fiestas de cumpleaños, las promesas, las miradas, el sufrimiento y el engaño.

En La Isla de Minerva le damos 4 plumas mochueliles de 5.

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