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Los orígenes de la navidad parte 4: Sol Invictus

Por Jorge Isaac García Nava

Hasta ahora hemos hecho un recorrido por el culto de Dumuzi en Sumeria, especulamos su relación con la Kronia griega, una ceremonia para honrar a Cronos en el Ática y por último visitamos Roma en la época de las Saturnales para completar nuestro viaje por el mundo antiguo. Para este último artículo relativo a los orígenes de la Navidad vamos a quedarnos en Roma para estudiar un poco el cambio que sufrieron las Saturnales con el advenimiento de los cultos del este.

Como ya sabemos, las Saturnales del 17 al 23 de diciembre eran una celebración que podía ser pública o privada, en el primer tipo se hacían por supuesto libaciones y sacrificios (ofrendas pues) a Saturno en su templo, el cual está datado para inicios del siglo 5 a.e.c aproximadamente y llevaba por nombre Ara Saturni; durante la época republicana también funcionaba como aerarium (bóveda del tesoro público); ¿recuerdan el mito de Saturno como inventor de la moneda? Bueno, los romanos por eso guardaban ahí el dinero.

Lamentablemente si deseamos viajar al templo y ofrecer un corderito a Saturno, se darán cuenta que el templo ubicado en la zona sudeste del Foro en Roma no es el original, sino uno reconstruido entre 42 y 31 a.e.c. e incluso esta reconstrucción fue dañada en un incendio por lo que fue restaurado en el siglo cuarto e.c. si nos acercáramos a la arquitrabe, una voz del pasado que nos cuenta una historia en forma de inscripción en piedra nos diría:

SENATVS POPVLVSQVE ROMANVS INCENDIO CONSVMPTVM RESTITVIT

(El Senado y El pueblo de Roma, restaurado del incendio que lo consumió)

Otro evento importante que el templo mismo presenció fue la entrada de Cesar a la ciudad, al inicio de la guerra civil entre este y Pompeyo; una de las cosas que hizo fue forzar las puertas para acceder al aerarium. Hoy en día solo sobreviven algunas columnas que pertenecen a la fachada norte junto con la arquitrabe (la parte que se colocar arriba de una columna) la antes descrita y algunas otras columnas de otros costados.

Templo de Saturno

Regresando a la esfera pública de la Saturnalia, ya hemos hablado un poco de las formas que tomaba la celebración se preparaba un banquete organizado por los ediles, un banquete público que duraba una semana entera. Obviamente una de las cosas que más se consumían era alcohol, especialmente los fermentados de uva, vino pues, pero el vino no es el vino de mesa que conocemos hoy, sino que tenía un procedimiento ligeramente distinto: el jugo de uva era recolectado en ánforas enterradas, dejando solamente el cuello del recipiente saliendo del piso, cuando se completaba el proceso de fermentación eran sellados con resina o arcilla. Y ya. Esto hacía del vino romano una bebida muy, pero muy, fuerte. La respuesta a esto era agregar agua con sal (que además reduce la cantidad de bacterias) y para endulzar le agregaban miel. No es sorpresa que Catulo le llamara el mejor día del año.

La primera tradición que me gustaría contarles es acerca del grito de inicio de las fiestas. Se acostumbraba decir Io Saturnalia (el inicio es io, no lo) a forma de saludo, como ahora deseamos Feliz Navidad. El sitio Museum Hack dice que posiblemente, aunque no lo pueden comprobar, la gente pasaba gritando Io, Io, Io y que de aquí deriva el famoso ho, ho, ho de Santa Claus.

La segunda tradición era usar gorros festivos de forma cónica; estos gorros no solo eran usados por diversión, sino que tenían un significado específico. Los libertos (esclavos liberados, ya sea porque compraron su libertad, por servicios especiales al amo o por ocasiones especiales) usaban ese tipo de gorro en la ceremonia donde les otorgaban poder sobre su vida. Era un símbolo de liberación y era muy similar al gorro frigio (si no sabes cuál es, es el que usan los Pitufos o Smurfs). A pesar de tener esta connotación tan importante –o justamente por ello- durante este tiempo se volvía un símbolo de igualdad.

Otra celebración que ocurría durante esta ceremonia se elegía a un Saturnalicius prínceps, una especie de rey del carnaval que tenía ciertas obligaciones como: hacer cosas graciosas, vestirse de forma ridícula, proponer u organizar entretenimiento gracioso y, el mejor de todos, andar por ahí burlándose de la gente, sean o no amos u otros esclavos. El poder de este Saturnalicius prínceps duraba toda la semana y era elegido el primer día por un método curioso: se ponía una moneda en un postre y a quien le tocara la moneda sería el elegido, esta ceremonia podía ser llevada a cabo en el festín público o en una de las cenas familiares. Está de más decir que durante toda la semana de celebraciones no había negocios oficiales, más allá de las labores de los templos.

La última tradición que persiste hasta nuestros días es el intercambio de obsequios, era tradicional (y un rito religioso) otorgar regalos, algunos eran bromas pero otros eran objetos realmente importantes como una vela, miel o figurillas talladas.

Esta tradición de dar regalos estaba cimentada en la cultura romana, por ejemplo, se acostumbraba dar regalos al final del año, el cual llamaban hoc in anno (en este año) de donde viene la palabra aguinaldo. También las Saturnales eran la fiesta favorita de algunos emperadores, como Augusto, que participaba en el intercambio de regalos a una escala masiva: le gustaba hacer rifas donde los boletos podían ser tan geniales como oro sólido, telas exóticas, o dinero contante y sonante, pero también había muchos obsequios de burla como mantas sin terminar y esponjas para el baño (y por favor no pregunten como se usan).

Ave, Caesar! Io, Saturnalia!. Cuadro de Sir Lawrence Alma-Tadema de 1880

De forma general así eran las Saturnales de diciembre, pero como se dijo antes, no eran las únicas Saturnales que se celebraban. Durante el reinado de Aureliano (fueron solo 5 años del 270-275 e.c.) en la crisis del siglo III, se importaron algunos otros ritos de Oriente, el más importante de ellos fue la tradición al sol y particularmente de Sol Invictus, importada antes en forma del culto a “Heliogábalo o Elagabal que significa Señor de la montaña, en función del culto de las alturas, hacía referencia a la sede del dios, Emesa” (pag. 5).

Pero esta introducción fue accidentada y al caer Heliogábalo (218-222 e.c.) su culto fue prácticamente olvidado, sin embargo con el triunfo militar y político de Aureliano, llamado Restitutor Orbis por el senado (restaurador del mundo), somos testigos del regreso al culto al sol pero esta vez bajo otro nombre: Sol Invictus; Maria Cecilia Culotta nos explica que: “El Sol se relacionó con el dios emesiano Dusares, quién se vinculaba con el dios Mitra, y su epíteto era Invicto: al caer la noche parecía sucumbir ante las tinieblas, pero tornaba vencedor al amanecer.” (Ibíd).

Es momento de otro mito, pero antes de mencionarlo, es necesario tener en mente que de acuerdo con el mito, Sol Invictus reside en Emesa (actual Homs en Siria) y es en esta ciudad donde se trascurren los eventos del relato de hoy. Una vez con este contexto en mente, vamos al relato que será corto esta vez.

Corría el año de 272 e.c. y las fuerzas romanas comandadas por Aureliano y el ejército de Palmira comandadas por Zabdas y la Reina Zenobia se enfrentan para decidir el destino de ambos imperios. Si Roma pierde, puede despedirse de todas las provincias del Este incluido Egipto, el granero de Roma; si Zenobia pierde, será el fin del proyecto imperial de Palmira, el primer rival del Imperio Romano en III siglos.

A las afueras de Emesa, en una planicie, las tropas de Palmira esperan a los romanos, la infantería es inferior en calidad y cantidad pero la caballería es todo lo contrario. Cuando llegan las tropas romanas al campo de batalla, los números están casi balanceados, aunque las tropas a caballo romanas son mucho más escasas.

Las aves de rapiña ya circulan los cielos, listas para el festín posterior a la batalla, las armas y armadura brillan con el sol, gritos de hombres y relinchidos de caballos se unen en una cacofonía de terror. El sudor ya recorre la frente de los hombres.

Y entonces llega el momento que todos temen, alguien da la orden de carga, suenan los tambores y trompetas, miles de hombre y caballos comienzan su marcha hacia la gloria o la muerte. Los artilugios de guerra comienzan su danza mortal. Miles de hombres no verán el sol salir.

El combate se extiende por varias horas, en el centro la infantería romana domina el campo, enfrentándose a un grupo valiente pero menos preparado de infantes de Palmira. Palmo a palmo ceden terreno ante el avance meticuloso, bien entrenado y bien practicado por los años de combates de los legionarios en otros frentes. Estos legionarios han derrotado han combatido y derrotado a tropas de todo el mundo. Lenta pero seguramente hacen su trabajo, metódico pero efectivo.

Sin embargo, en las alas, los flancos de la formación, la historia es distinta. La caballería oriental es mucho mejor que la romana, están más acostumbrados al terreno y cuentan con superioridad numérica, los caballeros romanos están a punto de huir, ceder ante el pánico para escapar cuando ocurre algo: un viento sopla, una luz desciende y, de alguna forma, ilumina las cabezas de los romanos. Estos se sienten revitalizados, una deidad les otorga un segundo aire y regresan al combate. Al mismo tiempo hombres de infantería refuerzan las líneas de la caballería y así, junto, guiados por esta luz celestial logran empujar a la caballería de Palmira y así, después de un arduo combate, obtienen la victoria.

Cuando Aureliano entra victorioso a la ciudad, lo primero que hace es dirigirse al templo del Sol, donde encontró una escena que lo sorprendió: la misma luz, los mismos rayos de energía que había visto en el campo de batalla estaban en todas las escenas del templo. Posterior a esto Aureliano se convirtió al culto del dios Sol, el que los romanos llaman Sol Invictus. En su honor construyó un templo magnifico en Roma, adornado con “trescientas libras de oro, mil ochocientas de plata y joyería de las arcas de Zenobia, así como un manto púrpura traído de la India y obsequiado a Aureliano por los persas”.

La reina Zenobia ante el emperador Aureliano

Este mito nos explica cómo es que Aureliano adopta a Sol, o en todo caso, como los intelectuales explican esta transición, Es importante advertir que el culto a Sol Invictus tiene aspectos religiosos, claro, pero también tiene implicaciones políticas profundas.

Maria Cecilia Culotta nos explica que después de las victorias del emperador Aureliano contra el Zenobia y el Imperio de Palmira lo que se busca es:

La renovación del Imperio como objetivo, fortaleciendo un sentimiento religioso universal por el cual tanto orientales como occidentales se sintieran identificados: el culto al Deus Sol Invictus, proclamándolo como la nueva religión del Estado. El epíteto “Invicto” que se le otorga al dios Sol, lo convierte en el protector del Imperio Romano.

Entonces el culto a Sol se presenta como una entrada tardía a Roma pero parte de la institución y un poco recordando la victoria de Aureliano, se hacían unas celebraciones llamada Brumales al final de las Saturnales, estas fiestas eran una serie de juegos gladiatoriales, como lo hizo Aureliano en su entrada triunfal, con 50 parejas de gladiadores.

El dios Sol celebraba su festividad el 25 de diciembre, que es justo el solsticio de invierno, día que se pensaba que el Sol Invictus triunfaba contra la oscuridad (por eso el Invictus, el invicto, por su triunfo contra la oscuridad), a partir de esta victoria cada día tendría un poco más de luz. Ese día fue inaugurado también el templo a Sol, y de hecho incluso se acuñaron monedas con la imagen de Sol con la leyenda Sol Dominus Imperii Romani (Sol, Señor del Imperio Romano) y a partir del 275 e.c. se instauran los juegos al sol, en particular carreras de cuadrigas (carros como en Ben Hur) ya que una de las estatuas a Sol estaba justo en el Circo Máximo. El Sol Invictus es representado con el disco solar en la cabeza, con rayos de luz saliendo de las manos, imágenes que serán copiadas para representar a Jesús en la tradición cristiana.

Sol Invictus y Jesús

Para terminar con estos artículos es importante mencionar la forma que adoptó el culto católico, copiando formas de las Saturnales y las Brumales. La más obvia de estas es la fecha, por fin llegamos al día que nos compete: 25 de diciembre. Al ser el solsticio de inverno marca el “nacimiento” del Sol, su gran victoria contra el frio y la oscuridad. Con el advenimiento de la cristiandad y la llegada al poder de Constantino, se empezó a solidificar los ritos y dogmas, uno de ellos fue la celebración del nacimiento de Jesús y como ya había un acercamiento a la simbología de Sol, fue fácil hacer la transición.

De igual manera se necesitó mantener algunas de las tradiciones para que la población aceptara este culto, por ejemplo, el intercambio de regalos, el uso de luces, ahora ya no regalamos velas pero se hace una analogía con la estrella en la punta del árbol navideño, un símbolo que bien podría ser objeto de un artículo por si mismo, ya que tiene un origen curioso, pero el hecho de tener una estrella en la punta, simbolizando la estrella de belén (que por cierto este evento astronómico se repite este 2020, algo no visto desde el 4 de marzo de 1226) es una reproducción del reglo de la luz.

El poder sobre la iluminación, de combatir el frio y la oscuridad es algo que los padres de la iglesia usaron a su favor. La adopción de Sol a lo largo del imperio, que se debe de decir era un culto cuasi monoteísta, facilitó en mucho la adopción del cristianismo que será a partir de entonces la religión rectora de los destinos espirituales de Europa, será también el eje moral del heredero del Imperio Romano que no es otro más que el Imperio Bizantino.

Ahora que lo sabes, no solo queda más que comenzar a decir Io Saturnalia en cada brindis navideño y sonreír u poco sabiendo que estamos haciendo lo mismo que solían hacer los romanos: vivir la vida lo mejor que podemos.

¡Io Saturnalia! y felices fiestas.

Referencias

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