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1967-1971 Los últimos cuatro años de la juventud mexicana (segunda parte)

Por: Mtro Juan Carlos Esparza

El 11 de febrero de 1968, como parte del programa de actividades culturales previas a la celebración de los XIX Juegos Olímpicos de la era moderna con sede en México, tuvo lugar uno de los mayores eventos masivos jamás registrados hasta entonces, la presentación del nuevo ídolo de las multitudes de la canción española, Raphael, el Divo de Linares.

Aún el Zócalo era un espacio de uso exclusivamente cívico, un escenario particular del Señor Presidente y su toma popular masiva sólo había respondido a determinadas coyunturas históricas: el respaldo popular a Lázaro Cárdenas por la Expropiación Petrolera y a Manuel Ávila Camacho en el acto por la Unidad Nacional por la entrada de México en la Segunda Guerra Mundial en 1938 y 1942, respectivamente.

La Alameda era entonces, el espacio popular por excelencia, conquistado por los mexicanos de a pie tras la Independencia, después de siglos de haber sido un lugar exclusivo para criollos y gachupines en el virreinato. Así pues, Raphael, acompañado por el Mariachi Vargas de Tecalitlán, apenas había interpretado cuatro temas: “Laura”, “Cuando tú no estás”; de su propio repertorio y “Fallaste corazón” y “La Llorona”, del folklore mexicano, cuando comenzaron los problemas. Los cálculos más aproximados hablan de veinticinco mil personas eufóricas por presenciar el recital del ídolo español, pero también de decenas de desmayados, niños extraviados y una muchacha llevada al Hospital de Balbuena para atención médica.

Esta situación llevó al gobierno diazordacista a considerar dos opciones: la primera, que era necesaria la creación de un espacio para la celebración de espectáculos masivos, lo que condujo a la creación del Auditorio Nacional y, la segunda, que las concentraciones multitudinarias de jóvenes, pese a no ser de carácter político, eran indeseables. Aunque se trató de un evento destinado a un público general, lejano a esos desfiguros de moda del rocanrol, el ambiente social en México estaba caldeado.

El primer conflicto social con el que tuvo que lidiar Díaz Ordaz fue el movimiento de médicos del Hospital 20 de Noviembre del ISSSTE, a finales de 1964 y principios de 1965, que terminó por constituirse en la Alianza de Médicos Mexicanos Asociación Civil, misma que aglutinó también al personal del Instituto Mexicano del Seguro Social en varios estados. Sus movilizaciones fueron atacadas desde la prensa servil y reprimidas tanto por la policía, como por el ejército y la Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado (FSTSE).

Posteriormente, como una especie de presagio funesto, en un 2 de octubre, pero de 1966, la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia, Michoacán, fue atacada por miembros del PRI local a raíz de una manifestación que conjuntó a estudiantes y ciudadanos en protesta contra el alza de la tarifa del transporte público. El saldo fue de un estudiante muerto y la ocupación militar del plantel a petición del Congreso local.

Otro problema que involucró a los jóvenes fue el de la Universidad de Sonora en 1967. Los estudiantes participaron en las protestas ciudadana contra la imposición del candidato del partido oficial a la gubernatura. Tras los ataques populares a sedes institucionales y casas de funcionarios, vino la represión policiaca y el paro de 139 planteles. El gobernador solicitó la intervención del ejército, que 17 de mayo tomó las instalaciones universitarias.

Para el historiador Fernand Braudel (1902-1985), ante la suma de acontecimientos de movilización estudiantil y popular en torno al año de 1986, el mundo estaba ante un enorme proceso histórico al que llamó una “Revolución cultural mundial”. Si bien los eventos mexicanos no se circunscriben necesariamente a este concepto, ya que obedecen a motivaciones bien concretas y locales, sí es posible enumerarlos como parte del contexto que explica un auténtico cambio en la juventud.

El movimiento estudiantil que atrae toda la atención en México es el que inició por un pleito de preparatorianos en La Ciudadela y culminó sangrienta y fatalmente como una conjura del Estado Mexicano en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco sin relación alguna ni con los cambios introducidos por Alexander Dubček en Checoslovaquia que llevaron a la Primavera de Praga, ni con el hartazgo de los jóvenes franceses encabezados por Daniel Cohn-Bendit, ni el descontento laboral de los trabajadores de Renault ante el gobierno del antes héroe nacional de Francia, el general Charles De Gaulle, que provocaron el estallido del Mayo Francés, y más bien fantasiosas resultan aún hoy en día, las versiones oficiales que apuntaban a una conspiración cubano soviética para sabotear los Juegos Olímpicos, el gran evento que proyectaría a México como una nación que alcanzó la modernidad gracias a la estabilidad dotada por el régimen posrevolucionario.

Ese año que iniciaba con alegría por el concierto de Raphael en la Alameda, así como con altas esperanzas para un país que se sentía tan lejano a las confrontaciones juveniles ocurridas en el viejo continente, también evidenció el principio del fin de la ilusión del Milagro Mexicano en cuanto a la tan presumida paz social, sostenida en buena parte, por una vocación represiva que ahora había se había trasladado de los movimientos sindicales a los estudiantiles.

Categorías

historia, música

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