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Nos robaron los adioses

por Flor Juárez

Algo que vivimos en común todos son las historias estremecedoras sobre personas que han perdido la vida por el COVID-19. Miras, escuchas y lees esas historias en todos lados. A veces me sentaba a pensar qué tendría que hacer si eso me llegara a mi o a alguien de mi familia; pero aún así esas situaciones se sentían lejanas. No obstante, con el crecimiento de los casos, comenzaron a acercarse. Gente que conocía comenzó a contagiarse, los mensajes y las llamadas se me acumularon para contarme.

En memoria de todos ellos y con respeto de los que les sobreviven, les dedico las siguientes líneas:

Nos robaron los adioses

Me platicó su mamá/ su hermana/ su tío. Lo escuché en el mercado/ en la farmacia/ formada en la fila, a sana distancia. Él/ella/ellos/ quien fue amado/quien amó entró por aquellas puertas y ya nadie supo de su paradero. Había algunos vídeos que circularon, mensajes grabados desde los recintos blanquecinos deslumbrantes, impregnados con el olor a medicina y cloro. Uno apenas se imagina (no se atreve a imaginar) lo que pudo haber pasado entre esos pasillos, entre camas, entre piquetes del medidor de latidos. Me dijeron/ te contaron/ publicaron en las noticias que tampoco vieron rostros, solo reflejos de sí mismos en los lentes de plástico; que tampoco ya pudieron sentir la piel, nada más esos guantes, fríos, húmedos de tanto ser usados por los doctores/enfermeras/auxiliares.

¿Qué oraciones se habrán inventado? (Nadie quiere saber, nadie se quiere preguntar), pero seguramente los labios se movieron al compás, como hoja calca, al de los otros, los que nos quedamos afuera. Las manos nerviosas, peladas por el gel, las veladoras, las lágrimas, la pesadez sobre el pecho se les apilaron y los días se fueron (entre sollozos dicen que no fueron tantos). Te llegó un mensaje/ les llamaron por la tarde/la mañana/ la madrugada/lavando la ropa/saliendo de bañarse para avisar que ya no había sufrimiento. Ante aquellas puertas se agacharon las miradas y la cabeza negó por lo bajo. No hubo abrazos, no hubo besos, los últimos recuerdos se entregaron en una cajita y los de afuera se quedaron con un adiós colgando en los labios.

“Nos robaron los adioses” se dice con la furia y tristeza entre dientes. Pero ¿quién fue?… “Fue ese, el que provoca el escalofrío en la espalda cuando otra ambulancia chilla por la calle”

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