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1967-1971 Los últimos cuatro años de la juventud mexicana (Cuarta parte)

Por Mtro. Juan Carlos Esparza

El sangriento rastro que dejó la represión del movimiento estudiantil de 1968 se prolongó hasta 1971 con el episodio que ha pasado a la historia como El Halconazo.

El relevo en la presidencia se había producido sin alteraciones y el saliente Gustavo Díaz Ordaz, de acuerdo a la regla no escrita de la política mexicana de mantener estricto y total silencio en el nuevo sexenio, desapareció de escena, no sin al menos llevarse las monumentales y multitudinarias mentadas de madre por parte de los asistentes a las inauguraciones de los Juegos Olímpicos de 1968, como al Campeonato Mundial de Futbol México 70, que era la única forma en que se pudo manifestar el repudio nacional a tan oscuro personaje, quien ya nada podía hacer por impedirlo, pese a que en su arcaica concepción de la autoridad, mentarle la madre al presidente era hacerlo a la Patria misma.

Luis Echeverría, quien se había caracterizado por aparecer en el gabinete como un sobrio secretario de Gobernación, experimentó una asombrosa metamorfosis en campaña, pues sacó lo alegre y dicharachero y, a diferencia de los usos de su cargo anterior, ya en la presidencia se distinguió por un folklorismo explicable solamente por el deseo de construir una imagen que dejara atrás los apretados protocolos del ceremonial del régimen para ir “arriba y adelante”.

Los trajes oscuros fueron remplazados por las guayaberas y la primera dama, doña Esther Zuno, aparecía en los actos públicos vestida de china poblana y a decir del escritor de la generación de la Onda, José Agustín, por tal razón, a las meseras de Sanborn’s se les comenzó a llamar “las esthercitas”.

Echeverría buscó dar a lo que el historiador Daniel Cosío Villegas, mal visto por el régimen, llamó en 1974 “el estilo personal de gobernar”, el aspecto de un nuevo nacionalismo para equipararse con Lázaro Cárdenas; incluso, en los brindis y cenas de gala en Palacio Nacional eran servidas aguas de limón con chía, horchata y Jamaica (en ese orden los vitroleros para emular al lábaro patrio) y los volovanes y canapés desaparecieron para dar paso a los sopes y chalupas.

En materia de política exterior, Echeverría parecía dar un giro a la izquierda al mostrar cercanía con Fidel Castro y Salvador Allende; también buscó presentarse como paladín del anti imperialismo y, eventualmente, liderar el Movimiento de Países No Alineados. “¡Vivan los países del tercer mundo!”, gritó en las fiestas patrias de 1975, quien era el informante de la CIA identificado como LITEMPO-8.

Toda esa nueva retórica y estética no sirvió para lavar su sangriento legado ante la juventud mexicana, pues era evidente que “la responsabilidad personal, ética, jurídica, política e histórica por las decisiones del gobierno en relación con los sucesos” de 1968 era una estrategia de despeje para allanar el camino a la presidencia al arquitecto de la masacre.

A pesar de que Echeverría atrajo a los jóvenes universitarios y politécnicos egresados para ocupar puestos en las distintas dependencias gubernamentales de acuerdo a la añeja práctica de dar “hueso” a fin de cooptar la disidencia, aún la rebeldía seguía presente en aquella generación si bien es cierto que varios terminaron por ofrecer su lealtad al sistema. “Estoy vendiendo mi fuerza de trabajo, no mi ideología”, decían aquellos que mantenían sus ideales, llamados “los aperturos”, por ser parte de ese proceso de “apertura” lanzado por el presidente; mientras que los más activos militantes del 68 continuaban o bien en el Palacio Negro de Lecumberri, o en el exilio en Chile.

Mientras tanto, la juventud rockera de México que vio cómo desde el estado se boicoteó la posibilidad de que el país formara parte de la gira de The Beatles en 1965 y que a fines de junio de 1969 viera con resignación cómo la mayoría de los boletos para los conciertos de The Doors eran acaparados por los “ricarditos”, un público más ajeno a la esencia de la banda, aún tenía en la música una tabla de salvación ante el panorama social que sólo les estigmatizaba y reprimía.

Algo similar sucedía, guardando las diferencias de contexto, en Estados Unidos, cuando se llevó a cabo entre el 15 y el 18 de agosto de 1969 el “Woodstock Music & Art Fair”, en el estado de Nueva York, uno de los mayores hitos para la cultura hippie y el rock jamás realizados.

Woodstock, como se le conoce, contó con una asistencia estimada en hasta medio millón de espectadores, lo que lo convirtió en el evento más concurrido después de la Marcha en Washington por el trabajo y la libertad, del 28 de agosto de 1963, en la que el Dr. Martin Luther King Jr. pronunció su histórico discurso “I have a dream”.

Aquel apoteósico concierto fue también para los jóvenes estadounidenses una bocanada de aire fresco (o quizá no tan fresco por todo lo que se fumó en esos tres días) ante el panorama de desintegración social que vivía en aquel momento la potencia del norte debido a las consecuencias de sus protestas contra la mortífera guerra de Vietnam y toda la impresentable administración Nixon. Con las notas de The Who, Jefferson Airplane, Ravi Shankar, Joan Baez, Carlos Santana, Grateful Dead, Creedence Clearwater Revival, Janis Joplin, Joe Cocker, Johnny Winter, Neil Young, Jimmy Hendrix, por mencionar a los más representativos, Woodstock serviría de inspiración para realizar en México dos años después una experiencia igualmente liberadora, el Festival Rock y Ruedas de Avándaro, pero por desgracia, en fechas cercanas a estos grandes eventos, nuevamente la prepotencia de los respectivos estados provocaría nuevos derramamientos de sangre contra sus propios jóvenes: la masacre de la Universidad de Kent, en el estado de Ohio, en la que la Guardia Nacional disparó contra los estudiantes que protestaban contra la intromisión de Estados Unidos en Camboya y la represión conocida como “El Halconazo”, con lo que Echeverría mostró su verdadera cara al inaugurar con una nueva matanza estudiantil su “estilo personal de gobernar” y que dio inicio a la llamada Guerra Sucia, episodio tan sangriento como poco conocido, que llevó en la siguiente década a que aquella rebeldía juvenil  que sólo buscaba hacer oír su voz intentara cambiar la realidad a través de la lucha guerrillera.

Categorías

historia, música

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